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Sunday, January 2, 2011

POÉTICA ACTIVA


 Por David Medina Portillo

Autor:  Robert Creeley,
Título:  Pedazos,
Editorial: Mango de Hacha, México, 2010.

Robert Creeley es el autor de una frase con la que Charles Olson hizo escuela: “la forma no es más que una extensión del contenido”. En este orden, el autor de Pieces sería también una de las claves para entender el fenómeno del “Projective Verse”: recurso más que formal sistematizado por Charles Olson que determinará –de la posguerra hasta nuestros días– una parte central de la poesía norteamericana. En la obra de Creeley la acepción del verso tradicional es desplazada por la línea, entendida básicamente como el registrode la respiración. En efecto, el aliento como expansión orgánica es quien dicta ahora cada poema, de modo que antes que palabra escrita, la poesía de Creeley puede seguirse ante todo como rítmica oralidad. Así lo ha explicado el poeta Charles Bernstein: “Lo quedesde cierto punto de vista es una fragmentación prosódica radical, desde otra perspectiva
evoluciona como una música cargada de intensidad. Se trata de una experiencia rítmicamente saturada, de oscilación estimulante, como las ondas del pensamiento rotas en partículas del sonido”.

Trasladar aunque sea una parte mínima de este universo a otro idioma parece una empresa temeraria, si no es que francamente imposible. Sin embargo, una nueva y espléndida editorial mexicana: Mango de Hacha, acaba de publicar en edición bilingüe Pieces, con versión al español a cargo de José Luis Bobadilla y Ricardo Cázares Graña.

 La anterior reflexión de Bernstein es particularmente reveladora frente a un poema  como “Números”, serie dedicada a Robert  Indiana, el conocido artista de las variaciones LOVE con quien Creeley trabajó en Black Mountain College. Así leemos: “Where are you–who/ by not being here/ are here, but here/ by not being here?” Las cláusulas del inglés sobrevuelan como una música del pensamiento y, a la vez, en cuanto sensualidad silábica entre la anáfora y la aliteración. Por su parte, en la versión al español, la musicalidad
está más que asegurada por la firme percusión de los acentos: “¿Dónde está –quien/ al no estar aquí/ estás aquí– pero aquí/ al no estar aquí?” Aunque no siempre es posible este feliz encuentro. No obstante, ante las previsibles disonancias entre el original y su traducción, me parece que los traductores de Pieces para Mango de Hacha han tratado de sacar el mejor registro, evitando que, a falta de una  equivalencia dócil del español, las líneas de Creeley se desplomen como fraseo insípido.

Quizá el único tropiezo para un lector  arisco se encuentra en el título de esta edición: ¿por qué Pedazos y no Piezas? Supongo  que José Luis Bobadilla y Ricardo Cázares Graña han querido destacar, digamos, el carácter material de la poesía de Creeley (en línea con
el celebrado objetivismo de la poesía gringa) por encima de su dimensión sonora, obviando una voluntad de ejecución en el sentido rítmico pero, también, como manifestación y acción de esa habla que tanto le preocupaba a Creeley. La inanidad de un “pedazo” está
en incómoda contradicción con una poética de la acción que, por ejemplo, llevó a este autor a establecer una amistad instantánea con Jackson Pollock, según cuenta Kevin Power en Una poética activa. No se necesita mucho para advertir que la Action Painting del maestro
del expresionismo abstracto tiene más de un paralelo con esta conocida declaración de Creeley: “Lo que existe por sí mismo es lo que se llama significación. [...] Esta clase de significación es, en último término, lo que el poema es. El poema existe por sí mismo en virtud de su propia actividad; por lo tanto es, tiene significación”. Acción poética: algo que puede advertirse con suma claridad en el poema
que abre esta versión de Mango de Hacha: “Tan real como pensar,/ milagros creados/ por la posibilidad/ formas. Un punto al final de una oración/ que comenzaba/ con era/ hasta un presente,/ una presencia/ que dice/ algo/ mientras avanza.”

Wednesday, November 24, 2010

El secreto de la fama

Por David Medina Portillo

Autor: Gabriel Zaid
Título: El secreto de la fama
Editorial: Lumen

Gabriel Zaid es un virtuoso de la paradoja, un intelectual público que abomina de exponerse en público. A escala, su imagen es una variable del escritor sin biografía ni rostro, émulo de Traven, Castaneda o Salinger al apartar con probado éxito a las hordas de periodistas, fotógrafos o al admirador impertinente. De Zaid no se conoce foto (salvo alguna que alguien dijo que vio), nunca da conferencias o entrevistas y menos se ha dejado ver en las tertulias y pasillos de la indiscreción y el chisme. Es un especulativo de la conversación que –puedo adivinar– huye de cualquier mesa para más de tres. Y si la casualidad lo ha llevado por ahí, su presencia nunca deja huellas. Zaid sabe hacerse sentir y oír de otra manera.

Durante décadas fue uno de los polemistas duros del antiguo régimen priísta, arrinconando con sarcasmos e interpretaciones, cifras y datos incómodos a sus elites políticas e intelectuales. Todo a fuerza de ensayos contundentemente originales. Guardián de la vocación más exigente, sigue escribiendo en medios de distribución nacional y extranjera, aunque sus páginas quizá ya no reciban la consideración de antes. Una lástima, sin duda. Para una inteligencia sostenida por el hábito de minar nuestras verdades más hechizas, es previsible que su interés apunte ahora a un nuevo Moloch: las veleidades del prestigio y la publicidad. De eso se ocupa en El secreto de la fama, reunión de ensayos aparecida en 2009. 

Leo y vuelvo a leer, avanzo con dificultad: hay algo que antes supe reconocer como un sello indiscutible pero que hoy no encuentro por ninguna parte. ¿Por qué al tratar un tema tan sensible como las glorias inducidas, trabajadas o instantáneas de los nuevos tiempos, Zaid se torna un juez más bien distante, doctoral y casi abstracto? Claro, uno agradece las virtudes de la buena prosa; sin embargo, hay mucho de conmovedor en la silueta del implacable polemista y poeta circunspecto extraviado entre las confesiones de Brad Pitt, Madonna, Bruce Willis, Mel Gibson, Demi Moore, Sarah Jessica Parker y un largo etcétera. Las fichas de su análisis sobre la fama pueden venir de cualquiera de estos o de Marlon Wayans: “No es sensual, sino terrorífico, que 4 000 mujeres te correteen para quitarte la ropa”. Los auténticos paraísos e infiernos del fenómeno están hoy en Hollywood, qué duda cabe, aunque para rastrear su esencia como know-how uno debería remontarse hasta el origen. ¿Dónde cotejar entonces nuestras fuentes? Hay que acudir a Descartes: “La resistencia del sujeto a ser tratado como objeto no aparece con las estrellas de cine que descubren su prisión. Está en Descartes, creador del tema del sujeto como cuestión central...” Válgame. Y yo que pensé que el sujeto era una cuestión más bien gramatical y, decididamente, una ilusión sesudamente filosófica: “El secreto de la fama está en volverse objeto. No cualquier objeto (para lo cual basta con ser pasto de fieras o caníbales), sino un objeto que llama la atención de muchas personas”.

Parece natural que el celo de privacidad evolucione hasta documentar una teoría de la fama. Las razones pueden ser morales, de fe o sólo prácticas: los sacrificios de la persona pública cuestan más de lo que valen. Todo entra en las ecuaciones del rechazo. El problema en este ejemplo es que la distancia ha llegado a un confinamiento raro. ¿Para quién escribe Zaid? Da igual citar a Sandra Bullock que a San Agustín: sus fans no nos leerán. ¿No hubiera sido más considerado y hasta generoso decir algo sobre la nueva lógica de los prestigios sustituyendo aquellos nombres por otros más concretos? Confieso que echo de menos al polemista que antes mantenía una relación conflictiva con la realidad cultural y política más inmediata, la de todos los días. Y las tensiones de este vínculo con la realidad son, precisamente, las que no encuentro en El secreto de la fama