Tuesday, November 9, 2010

Crónica Siniestra

                                                                     Por Anadeli Bencomo

Autor: Sergio González Rodríguez
Título: El hombre sin cabeza.
Editorial: Anagrama,
Ciudad: México, 2009,
186 pp.

…lo siniestro es aquello que, debiendo permanecer oculto, se revela.
Friedrich Schelling

            El hombre sin cabeza es el segundo título que González Rodríguez publica en la colección “Crónicas” de Anagrama. Gracias a su valiente Huesos en el desierto (2002), el lector puede anticipar que no encontrará en este nuevo título una indagación complaciente sobre uno de los temas más inquietantes en el México actual. En El hombre sin cabeza, su autor se aventura a desentrañar la lógica cultural, social y política, que subyace junto al incremento de las decapitaciones en manos de las redes del narcotráfico en México. Las cifras hablan por sí solas: el año 2008 en México contó con más de 5200 muertes violentas, con un promedio de 17 secuestros diarios y con alrededor de 170 decapitaciones. Estas cifras que justificarían el periodismo más sensacionalista, tienen que vérselas en el relato de González Rodríguez con una indagación en varios niveles.
            El libro se abre y se cierra con apartados donde se recrea la memoria personal del autor, mientras los tres capítulos centrales son los que, a mi juicio, muestran la mayor contundencia narrativa y ensayística. En las primeras páginas, el autor decide explorar en los territorios de la memoria personal (la de sus viajes de niño a Acapulco, por ejemplo) y a lo largo de este recorrido un tanto nostálgico, la prosa no termina de encontrar su tono o su registro preciso pues se debate entre los recuerdos personales, la nota sociológica o el formato del diario personal. Mucho más enfocado aparece ya el segundo apartado donde se presentan de manera expositiva las coordenadas de esta nueva barbarie del crimen organizado en México a partir de cifras, nombres de los principales carteles del narcotráfico,  fuentes de las decapitaciones en México. Destaca así en estas páginas el periodista investigativo, protagónico en Huesos en el desierto, que ha convertido al autor en una figura pública en México. A Sergio González Rodríguez se le asocia con esa figura que ficcionalizara Roberto Bolaño en su 2666, esto es, el colaborador del periódico Reforma que ha construido con tesón su trayectoria como cronista de los bajos fondos, el crimen organizado, la corrupción del poder político y las fuerzas policiales. Afortunadamente, Sergio González Rodríguez no ha corrido con la funesta suerte de otros de sus colegas que han sido asesinados o “desaparecidos” por haberse atrevido a registrar y denunciar públicamente las conexiones entre distintas redes del poder en México. En este sentido, estas crónicas acerca del crimen en las últimas décadas en México que no se rinden en su empeño por documentar y narrar los horrores de última hora, defienden cierta responsabilidad ética de un oficio en peligro de extinción.
            Más aún, el acierto de El hombre sin cabeza reside precisamente en su capacidad de leer el fenómeno de las decapitaciones a manos del narcotráfico, como una práctica que desborda geográfica e históricamente el territorio mexicano. La metáfora implícita en el título nos remite a una cultura donde se ha perdido la razón y se ha impuesto el miedo como lógica social. El tercer capítulo del libro, de tono predominantemente ensayístico es el que mejor se enfrenta a esta tarea de desglosar el clima de zozobra y desvarío que caracteriza a nuestras sociedades contemporáneas. González Rodríguez expone de manera crítica las intersecciones que se descubren entre modos de horror primitivos (la decapitación como sacrificio) y la estetización y mediatización de la violencia que inaugura nuevos imaginarios donde conviven tecnologías y precariedades extremas. Es igualmente en el capítulo titulado “Lógica del miedo” donde el autor introduce uno de los postulados claves para la entelequia de lo siniestro en la época actual. De tal manera, “lo pánico” sería ese concepto que tiene que ver con la fuerza compleja de la barbarie y el impulso depredador de la violencia contemporánea. Al mismo tiempo, el fenómeno de “lo pánico” se asocia con esa especie de anomia o esa incapacidad de nombrarse o interpretarse de acuerdo a conceptos abstractos. Este carácter inefable de la violencia actual de la cual las decapitaciones son una muestra sintomática, sólo puede conjurarse –a juicio de González Rodríguez- gracias a la fuerza sugestiva de la narración: arma que el autor enarbola una vez más para exponer e imaginar los rostros visibles y velados de esta barbarie. Pero si en Huesos en el desierto el afán narrativo se vinculaba con la idea de un recurso jurídico imprescindible para la denuncia ante los feminicidios de Juárez, en El hombre sin cabeza la prosa, aparte de recurrir al dispositivo expositivo, se auxilia de manera bastante lúcida e inteligente de la historia de las ideas y la sociología cultural para indagar de manera filosófica y ensayística en algunas de las claves de estas decapitaciones reales y simbólicas. Una metáfora final e inquietante se arroja como imagen apocalíptica de los imaginarios decapitados visitados en estas páginas: el Pozo Meléndez o La Boca del Diablo, grieta abismal en la provincia de Guerrero que amenaza con devorar el futuro y el sentido de un México asediado por las pesadillas siniestras del narcotráfico, la pobreza extrema, la corrupción oficial, el culto a la Santa Muerte, y tantos otros repertorios de la debacle.

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